Maradó, Maradó, Maradó....

Maradó, Maradó, Maradó....

Ídolo deportivo mundial, Diego Armando Maradona falleció a los 60 años, por un paro cardiaco, cuando estaba en plena recuperación de una cirugía en la que le extractaron un coágulo de la cabeza.

Por: Buque de Papel, Bogotá y Buenos Aires

Con info y fotos de agencias, Clarín y medios mundiales


Ídolo deportivo mundial, Diego Armando Maradona falleció a los 60 años, por un paro cardiaco, cuando estaba en plena recuperación de una cirugía en la que le extractaron un coágulo de la cabeza.


Hacia las 11 y 17 minutos de la mañana, de este miércoles 25 de noviembre, la llamada a urgencias llevó más de 6 ambulancias al country del sector de Tigre, en el conurbano de Buenos Aires, donde estaba convaleciente. La descompensación lo llevó a un paro cardiaco que terminó con su vida.


Y el día llegó. Durante los últimos 20 años El Diego tuvo complicaciones que por poco le causan la muerte, por sobredosis, fallos cardiacos motivados por el sobrepeso, y la reciente emergencia. Y a todos los gambeteó con éxito. Hasta hoy.


Por eso rendimos en Buque de Papel, un homenaje al futbolista que nos hizo sonreír a todos los latinoamericanos por el triunfo contra Inglaterra, o contra Alemania en su mundial, el que iba a hacerse en Colombia y que se hizo finalmente en México. En 1986 se dio el lujo de hacer un gol con la mano y fue tan rápido que solo lo vio el furioso Peter Shilton, arquero inglés y luego desparramó a medio equipo contrario para hacer el considerado mejor gol de los mundiales. 



Era el tipo humilde que siempre sonreía y hacía amar más al fútbol, pero también, el soberbio y oscuro de los escándalos, de dispararle a los periodistas y paparazzis, de la droga. Un hombre que luchó contra sus demonios y los logró derrotar, pero también fue goleado por ellos. Fue tal la pasión que despertó y el fanatismo que hasta se creó la iglesia Maradoniana. Un hombre que se fue diluyendo y que ya no coordinaba palabra en las declaraciones como técnico de Gimnasia y Esgrima de la ciudad de la Plata, como parte del fútbol, y a quien ya no se le entendía qué decía. Y su andar cancino, y la operación de las rodillas y luego del coágulo mostraban que ya era una estatua a la que le costaba cada vez más respirar y vivir. Solo su última esposa, Mari y su nene, Juancito estuvieron con él en sus últimos momentos. Dicen que se levantó tranquilo de su cama, tomó la medicación y luego se recostó, cuando llegó el paro.


Por eso queremos compartir la nota necrológica que con seguridad ya estaba preparada en el ordenador de los periodistas deportivos de un diario como Clarín donde presenta sus claro oscuros. Y así deben estar otras tantas. Por eso, solo se falta la confirmación oficial para emitirla. 

El cebollita que voló y volvió al cielo


Maradona fue el “Cebollita” (niño pobre) que solo tenía un pantalón de corderoy y es el hombre de las camisas brillantes y la colección de relojes lujosos. Es el que le hace cuatro goles a un arquero que intenta desafiarlo y al mismo tiempo el entrenador que intenta chicanear a los alemanes y termina humillado. Es el que se va bañado de gloria del estadio Azteca y el que sale de la mano de una enfermera en Estados Unidos. Es el que arenga, el que agita, el que levanta, el que motiva. El que tomaba un avión desde cualquier punto del mundo para venir a jugar con la camiseta de la Selección. El del mechón rubio y el que estaciona el camión Scania en un country. Es el gordo que pasa el tiempo jugando al golf en Cuba y el flaco del programa de TV, La Noche del Diez. 


El que vuelve de la muerte en Punta del Este. Es el novio de Claudia y es también el hombre acusado de violencia de género. Es el adicto en constante lucha. El que canta un tango y baila cumbia. El que se planta ante la FIFA o le dice al Papa que (es un hijo de puta) y que venda que “el oro del Vaticano. El que fue reconociendo hijos como quien trata de emparchar agujeros de su vida. Un icono del neoliberalismo noventoso y el que se subió a un tren para ponerse cara a cara contra Bush y ser bandera del progresismo latinoamericano. Es cada tatuaje que tiene en su piel, el Che, Dalma, Gianinna, Fidel, Benja… Es el hombre que abraza a la Copa del Mundo, el que putea cuando los italianos insultan nuestro himno y el que les saca una sonrisa a los héroes de Malvinas con un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.


La mano de Dios


No existió ni existirá un tramo de la vida más maradoneano que esos cuatro minutos que transcurrieron entre los dos goles que hizo el 22 de junio de 1986 contra los ingleses. El mejor resumen de su vida, de su estilo, de lo que fue capaz de crear. Pintó su obra cumbre en el mejor marco posible. Le dijo al mundo quién es Diego Armando Maradona. El tramposo y el mágico, el que es capaz de engañar a todos y sacar una mano pícara y el que enseguida se supera con la partitura de todos los tiempos.

Y las frases para él y las suyas


Lo llamaron barrilete (cometa) cósmico. Y la pelota no se mancha. Y las piernas cortadas. Y que la sigan chupando. Y la tortuga que se escapa. Y el jarrón en el departamento de Caballito, el rifle de aire comprimido contra la prensa, la Ferrari negra que descartó porque no tenía estéreo, la mafia napolitana y toda una ciudad que elige vivir en pausa, rendida a su Dios. Es el de las canciones (Maradó, Maradó, Maradó), el de los documentales a carne viva y las biografías siempre desactualizadas. El que levanta el teléfono y llama cuando menos lo esperás y más lo necesitás. 


El que jugó partidos a beneficio sin que nadie se enterara. El que pasa del amor al odio con Cyterszpiler, con Coppola o con Morla. El que siempre vuelve a sus orígenes y le presta más atención a los que menos tienen.


Y Maradona es en presente pese a que de los que mueren haya que escribir en pasado. Es el que en Dubai se codeaba con jeques y contratos millonarios y el que en Culiacán y con 40 grados a la sombra pedía un guiso a domicilio. El que internaron en un neuropsiquiátrico. El que pudo dejar la cocaína. El que hizo jueguitos en Harvard. Es el que como entrenador de Gimnasia vivió un postergado homenaje del fútbol argentino. Aquel que había dirigido a Racing y a Mandiyú no era este último Diego de las rodillas chuecas, las palabras estiradas y las emociones brotando sin filtro.


Es también Maradona el hombre que se fue apagando. Se resquebrajó su cuerpo y empezó a sacar a la luz tantos años de castigo físico, de desbordes, de excesos, de patadas, de infiltraciones, de viajes, de adicciones, de subibajas con su peso, de andar por los extremos sin red de contención.


Y el alma se fue apagando al compás del cuerpo. En el último tiempo ya no quería ser Maradona y ya no podía ser un hombre normal. Ya nada lo motivaba. Ya no servía el paliativo de los antidepresivos ni las pastillas para dormir. Y la combinación con alcohol aceleraba la cinta. Cada vez menos cosas encendían su motor: ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo, ni los amigos, ni la familia, ni las mujeres, ni el fútbol. Perdió su propio joystick de la Play Station. Y perdió el juego. 


El fin


Lo llora Fiorito (la barriada), escenografía inicial de esta historia de película y pieza fundacional para comprender al personaje. Lo lloran los Cebollitas donde se animó a soñar en grande. Lo llora Argentinos Juniors donde no solo es nombre del estadio sino el mejor ejemplar de un molde que genera orgullo. Lo llora Boca y toda la pasión que unió a un vínculo que fue mutando pero conservó el amor genuino. Lo llora Nápoles, su altar maravilloso en el que con una pelota cambió la vida de una ciudad para siempre. Lo lloran también Sevilla, Barcelona y Newell’s, que infla el pecho por haberlo cobijado.


Y lo llora la Selección porque nadie defendió los colores celeste y blanco como él. En definitiva, lo llora el país entero y el mundo.


Entre tantas cosas que hizo en su vida, Maradona hizo una particularmente exótica: se entrevistó a sí mismo. El Diego de saco le preguntó al de remera de qué se arrepentía. “De no haber disfrutado del crecimiento de las nenas, de haber faltado a fiestas de las nenas… Me arrepiento de haber hecho sufrir a mi vieja, mi viejo, mis hermanos, a los que me quieren. No haber podido dar el 100 por ciento en el fútbol porque yo con la cocaína daba ventajas. Yo no saqué ventaja, yo di ventaja”, se contestó en una sesión de terapia con 40 puntos de rating.


En ese mismo montaje realizado en 2005 en su programa “La noche del Diez”, el Diego de traje le propuso al de remera que deje unas palabras para cuando a Diego le llegue el día de su muerte. “Uhh, ¿qué le diría?”, piensa. Y define: “Gracias por haber jugado al fútbol, gracias por haber jugado al fútbol, porque es el deporte que me dio más alegría, más libertad, es como tocar el cielo con las manos. Gracias a la pelota. Sí, pondría una lápida que diga: gracias a la pelota”.


Share by: