Edición 289

1992: el año del encuentro de dos mundos

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Vienen las elecciones. Colombia decidirá su destino para alcaldías, gobernaciones, concejos, asambleas y ediles para Bogotá, el mismo día que Argentina elije el sucesor, o sucesora –su esposa- de Néstor Kirchner.  Miraremos ambos casos al estilo de El Buque. Sin embargo, esta semana también es inevitable hacer referencia al evento que marcó nuestra vida hace 515 años, y es el encuentro de dos mundos que se dio un 12 de octubre en la isla caribeña de Guanahaní entre Europa y América.

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La triple sangre de América bulle con la proximidad del 12 octubre. Al final de esta semana, la guitarra flamenca, la quena y sus sonidos melancólicos y el tambor africano que sus habitantes llevamos por dentro se juntarán de nuevo con toda su carga de sonidos, significados e historia para conmemorar un año más de… ¿cómo llamarlo?: ¿descubrimiento de América? o ¿Día Internacional de la Raza?

El grupo musical de Arequipa, Perú, Huellas y Voces,  lo resumió en su tema “Mi Sangre”, hace 15 años, exactamente, en 1992. En él, hace un recorrido instrumental y con su letra reconfirma lo que tenemos en las venas unos más que otros: una triple sangre.  El disco empieza hablando de “mi sangre, mi sangre es española, que bebió de sus fuentes árabes durante 800 años, con arpegios de guitarra, castañuela, tabla, palmas y flamenco; pero mi sangre, mi sangre también es indígena, del Cusco, de Machu Pichu, de Tenochtitlán, de las pirámides del Sol y de la Luna, a cuyos pies una quena suena melancólica; y suena un tam tam africano, percusión, ritmo, cadera, sabor de mi sangre negra. Y en esa mezcla, que nadie puede negar, reside el poder de la piel de América.

Durante decenios, quizás centurias, la enseñanza impuesta a la fuerza, como la religión, nos habló del “Descubrimiento de América”, de la hazaña de un almirante genovés financiado con  las joyas de una reina española,  y quien a bordo de “tres carabelas”, embarcaciones que parecían cáscaras de nuez, atravesó las insondables aguas de los océanos desconocidos más allá de las costas africanas y de las azores, con la mente puesta en las especias de Oriente y del reino de la China descrito por Marco Polo.

Un grupo de “desgraciados” -como los llamó el pensador, historiador y escritor colombiano Germán Arciniegas- que llegó a las costas de la isla caribeña de Guanahaní un 12 de octubre de 1492. Una horda de ex presidiarios y busca fortunas que se habían enfrentado al temor de criaturas marinas y a los que nos presentaron durante siglos como los descubridores de unos “salvajes” desnudos que infundían terror con sus caras pintadas. 

Para Arciniegas, cuyas tesis americanistas se redescubrieron en  1992, y que a lo largo del siglo 20 se expresaron sin tanto éxito en el inconsciente colectivo, y mucho menos tuvieron cabida en los medios de comunicación y las tradiciones educativas clonadas de España, los españoles no descubrieron nada: América existía, con imperios precisos y adelantados como los Mayas y sus calendarios y conocimientos astronómicos, retomados hoy por la ciencia del estudio de los cielos. Construcciones de ciudades enormes como Tenochtitlán, con un millón de habitantes al arribo de Cortés en 1537.

Y existió para los europeos con alimentos americanos ciento por ciento como el maíz y la papa, que los ayudó a superar una de las peores hambrunas de la historia en el siglo 17, posterior a la peste bubónica. O ¿qué sería de Italia sin tomate, o tomatl, en azteca?, ¿o de Suiza sin el chocolate, tan americano como el Caribe, sus costas, sus montañas y selvas? También, España jamás hubiese sido imperio sin todo el oro saqueado del Inca y de los Quimbayas colombianos.

Las tesis americanistas de Arciniegas al ser redescubiertas hicieron ver el asunto de otro modo. Claro, para ese año, 1992, los grandes medios de América y de España seguían hablando del “Descubrimiento de América”, pero ese pequeño grano sembrado por un hombre menudo, y ya anciano, había nacido con el siglo, comenzó a echar raíces. Hoy, a pesar que los libros de texto sigan mencionando las odiosas tres palabritas, la movida mundial es la de reconocer que hubo un encuentro de dos mundos, tan distintos, pero tan cercanos e indisolublemente unidos por la sangre común que surgió, de lo que otros estudiosos llamaron “choque de culturas”: el mestizaje.

A diferencia de otras culturas, como la argentina misma, o estadounidense, donde la mezcla de razas no fue metódica, más bien el exterminio directo de los aborígenes, en las demás naciones de América hubo esa mezcla, primero a la brava, con violaciones y barbaridades sin nombre descritas por los Cronistas de Indias, los primeros periodistas de aquí. Pero la Malinche embrujó con sus encantos a Cortés, y a pesar de ser odiada por su pueblo como traidora, ella también devolvió y con creces esa dominación: conquistó al conquistador.

Una tierra que sufre de pobreza eterna, injusta distribución de la riqueza, narcotráfico, guerras estúpidas, nuevas dominaciones e imposiciones de imperios financieros. Un lugar, al que llamaron “el Continente de la Esperanza”, y cuya esperanza fue efímera en ese año, donde se esperaba condonación de deuda y medidas internacionales de apoyo para contrarrestar la hoy miseria.  Y al final ningún cambio esperado sucedió.

1992, un año que se volvió moda con la explosión literaria de novelas históricas, como Hurakán, palabra de los Caribes que significa “el dedo de Dios”, de Germán Castro Caycedo y que relata ese embarco de buscavidas y ex presidiarios, para navegar hacia lo desconocido, y el encuentro con hombres y mujeres de piel canela, arrastrados por un verdadero tornado de pasiones, envidias, celos, vida, amor y muerte. Un año de ensayos, de cuentos, con cientos de publicaciones e investigaciones desempolvadas, como los trabajos del etnólogo y antropólogo alemán Gerardo Reichel Dolmatoff con los indígenas de las selvas colombiana, peruana y brasileña,  y otras nuevas bellamente ilustradas que no llegaron a ninguna parte sobre América.

Fue un año de Cine, con películas como 1492, con Gerard Depardieu, y La Misión, con Robert De Niro y Jeremy Irons; de ferias del Libro, como la de Bogotá, dedicada a México, representada con los logos de las pirámides. Un año, donde al aproximarse la fecha del 12 de octubre, los medios de comunicación colombianos luchaban aún por darle algo de altura a los temas culturales y que a la postre ellos mismos perdieron la batalla por el rating de culos y tetas.

Entonces, ¿qué conmemoramos? La UNESCO, para evitar el creciente debate que a partir de ese año se intensificó cortó por lo sano y decidió darle el mote al 12 de octubre, antes “Día del Descubrimiento de América”, de, “Día Internacional de la Raza”, claro, ampliándolo a todo el globo terráqueo y no dejándolo exclusivo para nuestra tierra batida.

Un título que ahora sólo sirve para recordar cada año, para el escrito del colegio, o la obra del secundario, pero que cortó también y metió en el olvido de nuevo, a ese redescubrir cultural que se dio para antes y durante 1992.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro y por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.