Edición 292

Luis Carlos López, el tuerto clarividente

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Luis Carlos López, el tuerto clarividenteLuis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriza nació en Cartagena de Indias el 11 de junio de 1899. Se estrenó respirando el contubernio Estado-Iglesia apalancado por las andanzas de Rafael Núñez, hoy conocido en Colombia como República Conservadora.

Con la Guerra de los Mil Días tocándole la puerta al año de iniciados sus estudios universitarios, no le quedó más remedio que ponerse al frente de la tienda familiar donde se vendían desde encurtidos y aceitunas hasta whisky y oporto. Pero al caer la tarde, detrás del mostrador, se iniciaba la tertulia literaria que había instalado para su regodeo y el de sus amigos.

En un país atrasado y clerical, nació poeta y se hizo diplomático, editor, y comerciante. Su tiempo fue como el de todos: con altibajos históricos, maniobras genuflexas, algunas tan retorcidas como la entrega de Panamá; Cuba y Puerto Rico convertidos en botín de la guerra hispano-yanqui y entre otros zarpazos y contra zarpazos, el rechazo hispanoamericano al poderío emergente de los Estados Unidos, con la vida colombiana atornillada entre la luna biliosa y el monólogo aplastante de "el domingo de murria, de holgazanería parroquial".

Se le reconoce como poeta post modernista por los arrestos de avanzada y lo urticante de la palabra. Muchos como él escribieron después de Silva y Darío, pero nadie logró caricaturizar con tanta sagacidad y lirismo el provinciano devenir de su ciudad.

No intento hacer un recuento de los logros y fracasos del Modernismo. Las corrientes poéticas son tan complejas y sutiles como sus protagonistas. La marea crítica va y viene en torno a un movimiento que como todos, se cayó por cansancio y saturación. Correspondió a Rubén Darío derribar entonces los zumbidos románticos que aun soplaban por estos rumbos y legar a sus colegas latinoamericanos el resultado de su hazaña. Surgió Silva y escribió un capítulo hasta ahora no superado en Colombia sobre las arenas enlunadas de "El Nocturno" y por ahí siguió tropezando y cantando el cortejo que necesitaba la literatura del momento.

Luis Carlos López, el tuerto clarividenteTrabajó a la sombra de la revolución industrial de post guerra y de los Manifiestos bretonianos de finales del siglo XIX y principios del XX que fracturaron la espina dorsal del planeta. Como surrealismo se designó el tsunami productor, entre otras extrañas criaturas, de las obras volumétricas del cubismo, la chispa sin rival de Charles Chaplin, el sicoanálisis, el marxismo, las Generaciones españolas del 98 y del 27, "Trilce" de Vallejo, "Poeta en Nueva York" de García Lorca, la "Antología de Poesía Hispanoamericana" prologada por Borges y Alberto Hidalgo, "Suenan Timbres" y "La Vorágine" de los colombianos Luis Vidales y José Eustasio Rivera respectivamente, con la publicación de excelentes revistas literarias y el advenimiento de una dinámica industrial, política y filosófica todavía vigente.

Hasta ese momento Colombia dormía de espaldas los nuevos vientos. La manera reciente de hacer literatura, respondía al trabajo de grupos aislados. Luis Vidales, el poeta de Calarcá, (Colombia) debió esperar medio siglo para que los censores de su país aceptaran y comprendieran "Suenan Timbres", poemario que publicado por primera vez en 1926, fue ignorado por la crítica hasta su segunda edición aparecida en 1976. De manera que para Luis Carlos López y León de Greiff -los discursos poéticos más subversivos del momento en Colombia- representaba una labor titánica desbrozar ese ovillo de adjetivaciones y sonoridades casi feudales.

Designar a Luis Carlos López como el mejor poeta colombiano es aventurado. Tal señalamiento no cabe en algo tan huidizo e inefable como la construcción lírica. Destacables en él son lo punzante del estilo y lo blindado de la palabra. Sobre la irreverencia que lo caracteriza y el gesto socarrón que apuntala una observación permanente, está el valor para decir lo prohibido en una ciudad que decidió vivir "siempre a plomada".

López es el cronista más asertivo de la vida cartagenera. Sus retratos de personajes ciudadanos trasponen lo sicológico y costumbrista: "El barbero del pueblo que usa gorra de paja/ zapatillas de baile, chaleco de piqué/ es un apasionado jugador de baraja/ que oye misa de hinojos y habla bien de Voltaire" ("Hongos de la riba") o el destinado a la memoria de Casimiro, el campanero del pueblo: "Se lo llevaron bajo un aguacero/ definitivamente –y quedó Juana/ su sobrina sin sol y sin salero-/ ¡y tan hermosa como casquivana!".

No idealiza, describe. A pesar de utilizar formas clásicas, introduce en el soneto innovaciones métricas. Maneja el endecasílabo con soltura y con igual destreza rinde culto al sentimiento y a la ironía en los sonetos titulados "Toque de oración" y "Tarde de verano". En el soneto "A Basilio" asoma el talón de Aquiles que lo hace suspirar: "Tu organillo triste, tu organillo viejo/ cuando a media noche bajo los balcones/ gime dulcemente con amargo dejo/ de seguro arrulla muchos corazones/ Tu organillo triste de sentidos sones/ que refresca el alma con su amargo dejo/ mientras acaricia mis desilusiones/ cuántas cosas dice tu organillo viejo". Antirromántico y crítico de todo lo rancio, lo rígido, lo vetusto, con Barba Jacob, José Esutasio Rivera, Eduardo Castillo y Leopoldo de La Rosa, perteneció a la Generación del Centenario, heredera del estilo modernista en su país.

El tuerto adorado por Sabina

Luis Carlos López, el tuerto clarividente(Alguna vez Joaquín Sabina en una entrevista con el director de Buque de Papel dijo que admiraba al "tuerto" por iconoclasta y el manejo de los versos; algo muy parecido a las líricas del cantautor español).

Fue personaje extraño y poeta singular. Nacido en una de las ciudades más rancias de Colombia, al fondo de su prédica vanguardista asoma el burgués. Publicó cuatro libros: "De mi villorrio" (Madrid, 1908), "Posturas difíciles" (1909), "Varios a varios" (1910) y "Por el atajo" (Cartagena, 1920). La Biblioteca Ayacucho recogió en 1994 la totalidad de su obra poética.

La genialidad de Luis Carlos López reside en su sagacidad para examinar el entorno y darle vida con palabras oportunas, sencillas y mordaces. Fue un crítico acerbo de las costumbres, los mandatarios y personajes de dudosa moral, la camaleónica sociedad de su tiempo, las miradas de reojo, las trampas y las encrucijadas.

Aun en poemas de frescura colorida como el que alude a la campesina con ojos "donde anida el pecado" o conmovedores aguafuertes donde la azotacalles "que parece una fruta en sazón" proclama el triunfo de la inocencia callejera, se imponen la claridad del ojo y la honradez del corazón. Los calificativos acerca de su extraña manera de construir y vivir el poema, son siempre los mismos: funambulismo, irreverencia, exotismo, anticlericalismo. Casi todos lo ubican como poeta festivo, siempre listo al denuesto y la carcajada. Más allá de la ironía con que entró lanza en ristre en las costumbres y gentes de su época, fluyen melancolía y desencanto. La política municipal es a menudo pasto de su ironía: "¿Qué contracción dinámica/ desorganiza un plácido terruño/ de sacapotras y de tinterillos?/ Nada. Elecciones para concejales".

Para algunos es un poeta filosófico, para otros un simple versificador. La crítica asomada por primera vez a este collage que plasma de manera puntual los elementos humildes y cotidianos de la Colombia que le tocó vivir, empieza a designarlo como poseedor de un tercer ojo. Las callejuelas de su ciudad, la ramera, las frutas, el matarratón, las murallas venidas a menos, la abuela, el torero, el campanero, "el mar tísico y viejo" y sobre todo la tragedia de los olvidados, nutren su poesía: "Cruza el arroyo el solitario entierro/ de un pobre. Es natural/ que lo acompañe un perro/ bajo la indiferencia vesperal/ ¿De qué murió? Sería/ de bulimia, es decir/ de no haber visto la panadería/ con ojos de fakir".

La lírica latinoamericana revienta de vocablos altisonantes y manejos abstrusos. Mediante un arsenal bien enfilado y quizá sin proponérselo, este cartagenero autodefinido como "bisojo/ medio cínico/ con cáusticas sonrisas de Voltaire", derriba el edificio conceptual y establece la conjunción armónica de oído, sentimiento y palabra como ente indispensable para la plenitud del oficio poético.

López representa un mentís a la crítica de salón. La poesía no cabe en ninguna de las definiciones tradicionales porque rebasa el marco de la palabra. Quienes arañan el campo poético con instrumentos de ocasión, se limitan a rastrear superficie y circunstancia. Pero el camino que blanquea más allá del silencio flanqueado por abismos, bifurcaciones y atajos, permanece intocado.

Estas líneas escritas con la única intención de rescatar la esencia no pretenden rozar, debatir o desacralizar. Eso está reservado a los exploradores hábiles y acuciosos. Solo intentan detenerse en la clarividencia y el pudor de alma de un caminante que con aguda visión ética y estética, supo llamar a las cosas por su nombre.

Luis Carlos López murió en su ciudad natal el 30 de octubre de 1950.